Ana Karenina
Ana Karenina Toda su figura, y sobre todo su cabeza, tenía una expresión rotunda, enérgica y suave a la vez. Era uno de esos animales que parece que si no hablan es sólo porque la estructura de su boca no lo permite.
Al menos a Vronsky se le figuró que la yegua comprendía todas las impresiones que él experimentaba mirándola.
Al entrar Vronsky, el animal aspiró profundamente y torciendo sus ojos hasta que las órbitas se le enrojecieron de sangre, miró a los que entraban por el lado opuesto dando sacudidas al freno y moviendo ágilmente los pies.
–¡Vea usted que nerviosa está! –dijo el inglés.
–¡Quieta, querida, quieta… ! –murmuró Vronsky, acercándose a la yegua y hablándole.
Cuanto más se acercaba Vronsky, más se inquietaba el animal. Al fin, cuando él estuvo a su lado, « Fru–Fru» se calmó y sus músculos temblaron bajo la piel suave y fina.
Vronsky acarició su cuello robusto, arregló un mechón de crines que le caían al lado opuesto y acercó el rostro a las narices del animal, finas y tensas como alas de murciélago.