Ana Karenina
Ana Karenina –No, pasaré por el jardÃn.
Y, seguro ya de que Ana estaba sola, y deseando sorprenderla, ya que no le habÃa anunciado su visita para hoy y no debÃa esperar verle antes de las carreras, se dirigió, suspendiendo el sable y pisando con precaución la arena del sendero bordeado de flores, a la terraza que daba al jardÃn.
HabÃa olvidado cuanto pensara por el camino sobre las dificultades y disgustos de su situación. Sólo sabÃa que iba a verla y no imaginariamente, sino viva, tal como era.
Ya subÃa, pisando siempre con cautela, para no hacer ruido, los lisos peldaños de la escalinata, cuando de pronto recordó lo que olvidaba siempre, lo que más penosas hacÃa sus relaciones con ella: el hijo de Ana, siempre con su mirada interrogativa que tan desagradable le resultaba.
El niño perturbaba sus citas más que nadie. Cuando estaba con ellos, ni Ana ni Vronsky osaban decir nada que no pudiera repetirse ante terceros, ni empleaban alusiones que el niño no pudiera entenden
No lo habÃan convenido asÃ: la cosa surgió por sà misma.