Ana Karenina
Ana Karenina En su presencia hablaban sólo como si fuesen simples conocidos. Pero, pese a sus precauciones, Vronsky sorprendÃa a menudo fija en él una mirada atenta y extraña, y comprobaba cierta timidez, cierta desigualdad –ya excesivo afecto, ya despego– en el trato que le dispensaba el niño. Se dirÃa que el pequeño adivinaba que entre aquel hombre y su madre existÃa una relación profunda, incomprensible para él.
En realidad, el niño no comprendÃa aquellas relaciones y se esforzaba en concretar los sentimientos que debÃa inspirarle Vronsky. Su sensibilidad infantil le permitÃa notar claramente que su padre, su institutriz, el aya, todos en fin, no apreciaban a Vronsky, sino que le miraban con repugnancia y temor, aunque no dijeran nada de él, en tanto que su madre le trataba siempre como a su mejor amigo.
«¿Qué significa esto? ¿Quién es? ¿Debo quererle? No le comprendo y debe de ser culpa mÃa; debo de ser un niño malo o tonto», pensaba el pequeño. Y ésta era la causa de su expresión interrogativa y un tanto malévola y de la timidez y de la desigualdad de trato que tanto enojaban a Vronsky.
Ver a aquel niño despertaba en él aquel sentimiento de repulsión inmotivada que experimentaba en los últimos tiempos.