Ana Karenina
Ana Karenina En verdad, la presencia del niño inspiraba a Vronsky los sentimientos de un navegante que comprueba, por la brújula, que sigue una ruta equivocada, sin medios para poderla rectificar, sintiéndose cada vez más extraviado y consciente de que el cambio de dirección equivale a su pérdida.
Aquel niño con su ingenua mirada representaba en la vida la brújula que les marcaba a Ana y a él el grado de extravío a que sabían haber llegado, aunque se negaran a reconocerlo.
Sergio no se hallaba en casa. Había salido de paseo, sorprendiéndole la lluvia en pleno campo. Ana había enviado a un criado y a una muchacha a buscarlo y ahora estaba sola, sentada en la terraza, esperándole.
Vestía un traje blanco con anchos bordados y, hallándose en un ángulo de la terraza, tras las flores, no veía a Vronsky. Inclinando la cabeza de oscuros rizos, sostenía una regadera entre sus hermosas manos ensortijadas que él conocía tan bien.
La hermosura de su cabeza, de su garganta, de sus manos, de toda su figura, sorprendía siempre a Vronsky como algo nuevo.
Se detuvo, mirándola arrobado. Pero apenas adelantó un paso ella presintió su proximidad, soltó la regadera y volvió a él su encendido semblante.
–¿Qué le pasa? ¿Se encuentra mal! –preguntó él en francés, acercándose.