Ana Karenina
Ana Karenina Habría querido precipitarse hacia ella, pero pensando que podía haber alguien que les observara, miró primero hacia las vidrieras del balcón y se sonrojó, como siempre que se veía obligado a mirar en torno suyo.
–No. Estoy bien –repuso ella, levantándose y estrechando la mano que le alargaba Vronsky–. Pero no lo esperaba.
–¡Dios mío, qué manos tan frías! ––exclamó él.
–Me has asustado –dijo Ana–. Estoy sola, esperando a Sergio, que salió de paseo. Vendrán por ese lado.
A pesar de sus esfuerzos para parecer tranquila, sus labios temblaban.
–Perdóneme que viniera. No me fue posible pasar un día más sin verla–dijo Vronsky, siempre en francés, para eludir el ceremonioso «usted» y el comprometedor « tú» del idioma ruso.
–¿Perdonarte el qué? Estoy muy contenta.
–O se encuentra usted mal o está triste –continuó Vronsky, sin soltar su mano a inclinándose hacia Ana–. ¿En qué pensaba?
–Siempre en lo mismo –repuso ella, sonriendo.