Ana Karenina
Ana Karenina Decía la verdad. En cualquier momento en que le preguntaran podía contestar sin faltar a la verdad: pienso en uno, en su felicidad y en su desgracia.
Ahora mismo, al llegar Vronsky, Ana pensaba precisamente en cómo era posible que a Betsy, por ejemplo (pues estaba enterada de sus relaciones con Tuchskovich), le resultase todo tan fácil, mientras que a ella le era tan penoso.
Y hoy tal pensamiento la atormentaba particularmente por especiales razones.
Preguntó a Vronsky sobre las carreras y él, viendo nerviosa a Ana, a fin de distraería, le contó todo lo relativo a los preparativos para el concurso hípico.
« ¿Se lo digo o no?» , pensaba ella, contemplando los ojos tranquilos y acariciadores de Vronsky. «Se siente tan feliz, tan ocupado con lo de las carreras, que no lo comprendería en su verdadero sentido, no comprendería la significación que encierra este hecho para nosotros… »
–Aún no me ha dicho usted en qué estaba pensando cuando entré. Dígamelo, se lo ruego –suplicó Vronsky, interrumpiendo su conversación.
Ana no contestó. Inclinando levemente la cabeza, le dirigía, con la frente baja, la mirada de sus brillantes ojos adornados de largas pestañas.