Ana Karenina
Ana Karenina –Bien: imagine que se lo confieso ––dijo Ana–. ¿Sabe lo qué pasarÃa? Se lo puedo decir desde ahora –y una luz malévola brilló en sus ojos, tan dulces momentos antes–. «¿Conque ama usted a ese hombre y mantiene con él relaciones ilÃcitas? –y al imitar a su esposo subrayó la palabra "ilÃcitas", como habrÃa hecho Alexey Alejandrovich–. Ya le advertà sus consecuencias en el sentido religioso, familiar y social… Usted no ha escuchado mis consejos. Pero yo no puedo deshonrar mi nombre… » –Ana iba a añadir: « ni el de mi hijo», pero no quiso complicar al niño en su burla, y añadió: «deshonrar mi nombre» , y alguna cosa más por el estilo. Continuó aún–: En resumen, con su estilo de estadista y sus palabras precisas y claras, me dirá que no puede dejarme marchar y que tomará cuantas medidas estén a su alcance para evitar el escándalo. Y hará, serena y escrupulosamente, lo que diga. No es un hombre, sino una máquina. Y una máquina perversa cuando se irrita –añadió, recordando a Alexey Alejandrovich con todos los detalles de su figura, con su modo de hablar, acusándolo de todo lo que de malo podÃa encontrar en él, no perdonándole nada por aquella terrible bajeza de que ella era culpable ante su marido.
–Ana –dijo Vronsky, con voz suave y persuasiva, tratando de calmarla–, de todos modos hay que decÃrselo y después obrar según lo que él decida.