Ana Karenina
Ana Karenina –¿Y tendremos que huir?
–¿Por qué no? No veo posibilidad de seguir asÃ, y no sólo por mÃ, sino porque veo cuánto sufre usted.
–Claro: huir… y convertirme en su amante –dijo Ana con malignidad.
–¡Ana! –exclamó él con tierno reproche.
–Sà –continuó ella–: ser su amante y perderlo todo.
HabrÃa querido decir «perder a mi hijo», pero no le fue posible pronunciar la palabra.
Vronsky no podÃa comprender que Ana, naturaleza enérgica y honrada, pudiera soportar aquella situación de falsedades y no quisiera salir de ella. No sospechaba que la causa principal la concretaba aquella palabra «hijo», que Ana no se atrevÃa ahora a pronunciar.
Cuando Ana pensaba en su hijo y en las futuras relaciones que habrÃa de tener con él si se separaba de su esposo, se estremecÃa pensando en lo que habÃa hecho y entonces no podÃa reflexionar; mujer al fin, no buscaba más que persuadirse de que todo quedarÃa igual que en el pasado y olvidar la terrible incógnita de lo que serÃa de su hijo.
–Te pido, lo imploro –dijo Ana de repente, en distinto tono de voz, sincero y dulce, y cogiéndole las manos– que no vuelvas a hablarme de eso.
–Pero Ana…