Ana Karenina
Ana Karenina –¡Jamás! Déjame hacer. Conozco toda la bajeza y todo el horror de mi situación. ¡Pero no es tan fácil de arreglar como te figuras! Déjame y obedéceme. No me hables más de esto. ¿Me lo prometes? ¡No, no: prométemelo!
–Te prometo lo que quieras, pero no puedo quedar tranquilo, sobre todo después de lo que me has dicho.
No puedo estar tranquilo cuando tú no lo estás.
–¿Yo? –repuso ella–. Es verdad que a veces padezco. Pero eso pasará si no vuelves a hablarme de… Sólo con hablar de ello me atormentas…
–No comprendo… –dijo Vronsky.
–Pues yo sà comprendo –interrumpió Ana– que te es penoso mentir, porque eres de condición honorable, y te compadezco. Pienso a veces que has estropeado tu vida por mÃ.
–Lo mismo pensaba yo de ti en este momento –dijo Vronsky–. ¿Cómo has podido sacrificarlo todo por m� No podré nunca perdonarme el haberte hecho desgraciada.