Ana Karenina

Ana Karenina

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–¿Desgraciada yo? –dijo Ana, acercándose a él y mirándole con una sonrisa llena de amor y de felicidad–. ¡Si soy como un hambriento al que han dado de comer! Podrá quizá sentir frío, tener el vestido roto y experimentar vergüenza, pero no es desgraciado. ¿Yo desgraciada? No, en esto he hallado precisamente mi felicidad.

Oyó en aquel momento la voz de su hijo que se acercaba y, lanzando una mirada que abarcó toda la terraza, se levantó con apresuramiento.

Sus ojos se iluminaron con un fulgor bien conocido por él, y, con un rápido movimiento, levantó sus manos cubiertas de sortijas, tomó la cabeza de Vronsky, le miró largamente y, acercando su rostro, con los labios abiertos y sonrientes, le besó en la boca y en ambos ojos y luego le apartó.

Quiso marchar de la terraza, pero Vronsky la retuvo.

–¿Hasta cuándo? –murmuró contemplándola enajenado.

–Hasta esta noche a la una –contestó Ana.

Y, suspirando profundamente, se dirigió, con paso rápido y ligero, al encuentro de su hijo.

La lluvia había sorprendido a Sergio en el Parque grande y tuvo que esperar, con el aya, refugiado en el pabellón principal.


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