Ana Karenina

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Notó la inseguridad de su cabalgadura en un movimiento de sus orejas y levantó la fusta. Pero comprendió en seguida que su temor no tenía ningún fundamento; la yegua sabía lo que tenía que hacer.

«Fru–Fru» adelantó el paso y, con precisión, exactamente como él lo había deseado, se levantó en el aire con gran impulso y se entregó a la fuerza de la inercia, que le lanzó un buen espacio más allá de la zanja. Al mismo paso, sin esfuerzo, sin cambiar de pie, «Fru–Fru» continuó la carrera.

–¡Bravo, Vronsky! –oyó gritar desde un grupo.

Eran los compañeros de su regimiento que estaban próximos a aquel obstáculo, y entre sus voces Vronsky reconoció la de Yachvin, pero no le vio.

«¡Qué encanto de animal», pensaba Vronsky por «FruFru» , mientras aguzaba el oído para saber lo que pasaba detrás.

«También ha saltado», se dijo luego, al sentir cerca de él el galope de «Gladiador» .

Quedaba un obstáculo: una zanja con agua, de una anchura de dos arquinas.

Vronsky no la miraba. Para llegar el primero con mucha ventaja sobre los demás, comenzó a mover las bridas de un modo oblicuo a la marcha del caballo, haciéndole levantar y bajar la cabeza.


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