Ana Karenina
Ana Karenina Al pasarle, vio el rostro de su competidor manchado de barro y se le figuró que sonreía. Vronsky le había adelantado, pero le sentía a sus talones y oía incesantemente el galope sostenido y la respiración tranquila, sin muestra de fatiga alguna, de las narices de «Gladiador» .
Los dos obstáculos siguientes, una zanja y una valla, se salvaron con facilidad; pero Vronsky comenzó a sentir más cercano el galope y la respiración del caballo rival. Acució a la yegua y notó con alegría que aumentaba la velocidad fácilmente. El ruido de los cascos de «Gladiador» volvió a sonar a la distancia de antes.
Vronsky estaba a la cabeza de la carrera, como se proponía y como le aconsejara Kord, y ahora se sentía seguro del triunfo. Su emoción, su alegría y su afecto por «Fru–Fru» crecían en él con aquella seguridad.
Habría deseado mirar tras sí, pero no se atrevía y procuraba calmarse y no acuciar a la yegua para que corriese más, a fin de conservar sus fuerzas intactas, como adivinaba que las conservaba «Gladiador».
No quedaba ya más que un obstáculo: el más difícil. Si lo salvaba antes que los demás, llegaría el primero a la meta. Estaba ya cerca de él. Vronsky y «Fru–Fru» lo divisaban desde lejos; y a la vez, su yegua y él experimentaron un instante de vacilación.