Ana Karenina

Ana Karenina

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Así parecía hablar consigo mismo, al modo de un hombre que, esforzándose en vano en apagar un incendio, se irritara contra su propia impotencia y dijese: « ¡Ahora vas a quemarte, en justo castigo!» .

Karenin, hombre inteligente y experto en los asuntos oficiales, no comprendía, sin embargo, el error de tratar así a su mujer. Y no lo comprendía porque era demasiado terrible, porque para él era insoportable intuir la realidad de su presente situación.

Había, pues, cerrado aquel secreto cajón de su alma en el que guardaba sus sentimientos hacia su familia, es decir, hacia su mujer y su hijo.

Aunque padre cariñoso, desde fines de aquel invierno estaba muy frío con su hijo, y le trataba del mismo modo irónico que a su mujer.

–¡Eh, muchacho! –solía decir para dirigirse al pequeño.

Alexey Alejandrovich, al reflexionar, se decía que ningún año había tenido tanto trabajo como aquel en su oficina, sin reparar en que él mismo inventaba el trabajo para no abrir el cajón en que guardaba los sentimientos hacia su mujer y su hijo, tanto menos naturales cuanto más tiempo los guardaba encerrados en él.


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