Ana Karenina
Ana Karenina –Tú lo has dicho en dos palabras, pero yo en dos palabras no lo puedo contestar, porque… Perdóname un instante.
El secretario –con respetuosa familiaridad y con la modesta consciencia de la superioridad que todos los secretarios creen tener sobre sus jefes en el conocimiento de todos los asuntos– entró y se dirigió a Oblonsky llevando unos documentos y, en forma de pregunta, comenzó a explicarle una dificultad. Esteban Arkadievich, sin terminar de escucharle, puso la mano sobre la manga del secretario.
–No, hágalo, de todos modos, como le he dicho –indicó, suavizando la orden con una sonrisa. Y tras explicarle la idea que él tenÃa sobre la solución del asunto, concluyó, separando los documentos–: Le ruego que lo haga asÃ, Zajar Nikitich.
El secretario salió un poco confundido. Levin, entre tanto, se habÃa recobrado completamente de su turbación, y en aquel momento se hallaba con las manos apoyadas en el respaldo de una silla, escuchando con burlona atención.
–No lo comprendo, no… –dijo.
–¿El qué no comprendes? –repuso Oblonsky sonriendo y sacando un cigarrillo.
Esperaba alguna extravagancia de parte de Levin.