Ana Karenina
Ana Karenina Hacía un efecto tan extraño ver aquella expresión pueril en el rostro varonil a inteligente de su amigo que Oblonsky desvió la mirada.
–¿Dónde nos podemos ver? –preguntó Levin–. Necesito hablarte.
Oblonsky reflexionó.
–Vamos a almorzar al restaurante Gurin –dijo– y allí hablaremos. Estoy libre hasta las tres.
–No –dijo Levin, después de pensarlo un momento–. Antes tengo que ir a otro sitio.
–Entonces cenaremos juntos por la noche.
–Pero, ¿para qué cenar? Al fin y al cabo no tengo nada especial que decirte. Sólo preguntarte dos palabras, y después podremos hablar.
–Pues dime las dos palabras ahora y hablemos por la noche.
–Se trata –empezó Levin– … De todos modos, no es nada de particular.
En su rostro se retrató una viva irritación provocada por los esfuerzos que hacía para dominar su timidez.
–¿Qué sabes de los Scherbazky? ¿Siguen sin novedad? –preguntó, por fin.
Esteban Arkadievich, a quien le constaba de tiempo atrás que Levin estaba enamorado de su cuñada Kitty, sonrió imperceptiblemente y sus ojos brillaron de satisfacción.