Ana Karenina
Ana Karenina –En una palabra: tengo la certeza de que no se hace ni se podrá hacer nada de provecho con los zemstvos –profirió como si contestase a una injuria–. Por un lado, se juega al parlamento, y yo no soy ni bastante viejo ni bastante joven para divertirme jugando. Por otra parte –Levin hizo una pausa– … es una manera que ha hallado la coterie rural de sacar el jugo a las provincias. Antes habÃa juicios y tutelas, y ahora zemstvos, no en forma de gratificaciones, sino de sueldos inmerecidos –concluyó con mucho calor, como si alguno de los presentes le hubiese rebatido las opiniones.
–Por lo que veo, atraviesas una fase nueva, y esta vez conservadora –dijo Oblonsky–. Pero ya hablaremos de eso después.
–SÃ, después… Pero antes querÃa hablarte de cierto asunto… –repuso Levin mirando con aversión la mano de Grinevich.
Esteban Arkadievich sonrió levemente.
–¿No me decÃas que no te pondrÃas jamás vestidos europeos? –preguntó a Levin, mirando el traje que éste vestÃa, seguramente cortado por un sastre francés–. ¡Cuando digo que atraviesas una nueva fase!
Levin se sonrojo, pero no como los adultos, que se ponen encarnados casi sin darse cuenta, sino como los niños, que al ruborizarse comprenden lo ridÃculo de su timidez, lo que excita más aún su rubor, casi hasta las lágrimas.