Ana Karenina
Ana Karenina –Es como este guante. Si usted, sin estirarlo, trata de romperlo, le parecerá difÃcil. Pero tire cuanto pueda, oprima con el dedo y se romperá. Karenin, con su amor al trabajo, su honradez y su tarea, está estirando hasta el máximo… ¡Y hay una presión ajena y bastante fuerte! –concluyo el doctor, arqueando las cejas, significativo.
–¿Estará usted en las carreras? –añadió, mientras bajaba la escalera dirigiéndose a su coche–. ¡SÃ, sÃ, ya comprendo que eso ocupa mucho tiempo! –exclamó en respuesta a algo que le dijera Sludin y no habÃa entendido bien.
Tras el doctor, que estuvo largo rato, como dijimos, llegó el viajero célebre, y Alexey Alejandrovich, gracias al folleto que acaba de leer y a su erudición en la materia, sorprendió al visitante con la profundidad de sus conocimientos y la amplitud de su visión en aquel asunto.
A la vez que al viajero, le anunciaron la visita del mariscal de la nobleza de una provincia, llegado a San Petersburgo para hablar con Karenin.
Cuando éste hubo marchado, Karenin despachó los asuntos del dÃa con su secretario. DebÃa, además, hacer una visita a una relevante personalidad para un asunto de importancia.