Ana Karenina

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Le prescribió el mayor ejercicio físico posible y el mínimo de esfuerzo cerebral. En especial le dijo que evitara todo disgusto, lo que era tan imposible para Alexey Alejandrovich como prescindir de la respiración.

Finalmente, el médico se fue, dejando a Karenin la desagradable impresión de que en su organismo había algo que no marchaba bien y que era imposible remediarlo.

El médico, al salir, encontró al administrador de Karenin, Sludin, hombre a quien conocía mucho. Habían sido compañeros de universidad y, aunque se veían raras veces, se estimaban recíprocamente y eran buenos amigos. A nadie, pues, mejor que a Sludin podía exponer el doctor su opinión sobre el enfermo.

–Me alegro de que le haya visitado –dijo Sludin–. Creo que no está bien. ¿Qué le parece?

–Opino –repuso el médico haciendo, por encima de la cabeza de Sludin, señal a su cochero de que acercase el coche– lo siguiente…

Cogió con sus manos blancas uno de los dedos de su guante de piel y lo estiró.


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