Ana Karenina
Ana Karenina
Ana estaba en el piso alto, ante el espejo, prendiendo con alfileres un último lazo a su vestido con ayuda de Anuchka, cuando sintió crujir la grava a la entrada bajo las ruedas de un carruaje.
«Para ser Betsy, es demasiado temprano», pensó.
Asomándose a la ventana, vio el coche, el sombrero negro que se destacaba en él y las orejas tan conocidas de Alexey Alejandrovich.
«¡Qué inoportuno! ¿Será posible que venga a pasar la noche aquí?», pensó Ana.
Y le parecieron tan horribles los resultados que podían derivarse de ello que, para no reflexionar, se apresuró a salir al encuentro de los recién llegados con el rostro radiante y alegre, sintiéndose llena de aquel espíritu de engaño y fingimiento que se apoderaba de ella con frecuencia y bajo cuya influencia comenzó a hablar, sin saber ella misma lo que diría.
–Te agradezco la atención de haber venido –dijo Ana, dando la mano a su esposo y saludando a su acompañante, Sludin, el amigo de confianza, con una sonrisa–. Espero que te quedarás a dormir, ¿no?
Decía lo primero que le inspiraba su espíritu de falsedad.