Ana Karenina

Ana Karenina

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–Iremos juntos a las carreras… Siento haber quedado con Betsy en que… Vendrá ahora a buscarme. Alexey Alejandrovich hizo una mueca al oír el nombre de Betsy.

–No separaré a las inseparables –dijo con su habitual acento burlón–. Yo iré con Mijail Vasilievich. Los médicos me recomiendan que pasee. Daré un paseo, pues, y me imaginaré que estoy en el balneario…

–No hay por qué apresurarse; tenemos tiempo –repuso Ana–. ¿Quieres tomar el té?

Y tocó el timbre.

–Sirvan el té y digan a Sergio que ha llegado su papá. ¿Cómo estás de salud? No había usted estado aquí nunca, Mijail Vasilievich… ¡Mire, qué terraza más espléndida tenemos! ¡Vaya usted a verla! –decia Ana, dirigiéndose, ya a uno, ya a otro.

Hablaba con sencillez y naturalidad, pero demasiado y muy deprisa. Ella misma lo notaba, tanto más cuanto que en la mirada de curiosidad de Mijail Vasilievich le pareció leer que trataba de escudriñarla.

Mijail Vasilievich salió a la terraza. Ana se sentó junto a su marido.

–No tienes buena cara –le dijo.

–Hoy me ha visitado el doctor durante una hora –dijo Karenin–. Supongo que le envió alguno de mis amigos. ¡Les preocupa tanto mi salud!


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