Ana Karenina
Ana Karenina –¿Qué te ha dicho el médico?
Le preguntaba por su salud, por su trabajo; le aconsejaba que fuese a vivir con ella para descansar. Lo decÃa alegre y rápidamente, con un brillo peculiar en los ojos. Pero Alexey Alejandrovich no daba importancia alguna a su acento. Escuchaba las palabras de Ana, dándoles la significación literal que tenÃan, contestándole con sencillez, medio en broma. Y aunque en aquella conversación no habÃa nada de particular, jamás en lo sucesivo pudo Ana recordar aquella escena sin experimentar un doloroso sentimiento de vergüenza.
Entró Sergio, precedido de su institutriz.
Si Alexey Alejandrovich se hubiera permitido a sà mismo observarle, habrÃa reparado en la mirada temerosa y confusa con que el niño contemplaba primero a su padre y a su madre después. Pero Karenin no querÃa ver nada y no lo veÃa.
–¡Hola, muchacho! Has crecido. Te estás haciendo un hombre. ¿Cómo estás, muchacho?…
Y tendió la mano al asustado Sergio.
Éste era antes ya tÃmido en sus relaciones con su padre, pero ahora, desde que Karenin le llamaba muchacho y desde que el niño empezó a meditar en si Vronsky era amigo o enemigo, tendÃa a apartarse de su padre.
Miró a su madre como buscando protección, ya que sólo a su lado se sentÃa a gusto.