Ana Karenina

Ana Karenina

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Entre tanto, Alexey Alejandrovich ponía una mano sobre el hombro de su hijo y hablaba con la institutriz. El pequeño se sentía penosamente cohibido y Ana temía que rompiese a llorar.

Al entrar el niño y verle tan inquieto y temeroso, Ana se había sonrojado. Ahora se levantó con premura, quitó la mano de su esposo del hombro del pequeño, besó a éste, le llevó a la terraza y volvió en seguida.

–Ya es hora –dijo, mirando su reloj–. ¿Cómo tardará tanto Betsy?

–Sí, sí –dijo Alexey Alejandrovich.

Se levantó y cruzándose unos con otros los dedos de las manos hizo crujir las articulaciones.

–He venido a traerte dinero –dijo–, porque el pájaro no se mantiene sólo de cantos… Supongo que tendrás ya necesidad de él.

–No, no lo necesito… Digo, sí… –replicó Ana, sin mirarle, ruborizándose hasta la raíz del cabello–. ¿Volverás después de las carreras?

–¡Oh, sí! –contestó Alexey Alejandrovich–. ¡Ahí está la beldad de Peterhof, la princesa Tverskaya! –añadió, mirando por la ventana y viendo el coche inglés, con llantas de goma, de caja muy alta y pequeña–. ¡Qué elegancia! ¡Qué riqueza! ¡Es admirable! Entonces también nosotros nos vamos.


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