Ana Karenina

Ana Karenina

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Pero Alexey Alejandrovich no lograba descubrir a su mujer entre el mar de muselina, cintas, plumas, sombrillas y colores.

Ana, aun sabiéndolo, fingió deliberadamente no verle.

–¡Alexey Alejandrovich! –gritó la condesa Betsy–. Observo que no encuentra usted a su mujer. Está aquí.

Karenin sonrió con su sonrisa fría.

–Deslumbran ustedes tanto que no sabe uno adónde mirar –repuso.

Y se dirigió a la tribuna.

Sonrió a su mujer como debe hacerlo un marido a la esposa que ha visto minutos antes y saludó a la Princesa y a otros conocidos, tratando a cada uno como se había de tratar: es decir, bromeando con las señoras y cambiando cumplidos con los hombres.

Abajo, junto a la tribuna, estaba un ayudante general muy apreciado de Alexey Alejandrovich y muy conocido por su talento a instrucción.

Alexey Alejandrovich le habló.

Estaban en un intermedio entre dos carreras y nada dificultaba su charla. El ayudante general criticaba el deporte hípico. Alexey Alejandrovich lo elogiaba. Ana escuchaba su voz fina y monótona sin perder una palabra, y cada una de ellas le sonaba a falsa y le hería desagradablemente el oído.


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