Ana Karenina
Ana Karenina Al empezar la carrera de cuatro verstas con obstáculos, Ana se inclinó hacia adelante sin quitar los ojos de Vronsky, que en aquel momento se acercaba a la yegua y montaba.
A la vez oía la voz de su marido, aquella voz repulsiva que hablaba sin parar. El miedo de que Vronsky sufriese algún daño la atormentaba, y más aún, sin embargo, el percibir la aguda voz incansable de Alexey Alejandrovich con sus entonaciones tan conocidas para ella.
«Soy una mala mujer, una mujer caída», pensaba Ana, «pero no me gusta mentir y no puedo con la mentira. ¡Y mi marido se alimenta de ella! Lo sabe todo, lo adivina todo… ¿Cómo puede, pues, hablar con tanta tranquilidad? Si me hubiese matado o matado a Vronsky, le apreciaría. Pero no. No le interesan más que la mentira y las apariencias» .
Así reflexionaba, sin concretar cómo le habría agradado que fuera su marido y lo que habría deseado hallar en él.
No comprendía tampoco que la facundia de Alexey Alejandrovich, que tanto la irritaba, era, aquel día, una expresión de su desasosiego y su inquietud interna.