Ana Karenina

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Como un niño que habiéndose lastimado ejercita sus músculos para calmar el dolor, Alexey Alejandrovich necesitaba aquella actividad cerebral para apagar los recuerdos relativos a su mujer, que en presencia de ella y de Vronsky, y oyendo repetir este último nombre sin cesar, le reclamaban constante atención.

Y así como para un niño es natural saltar, para él era natural hablar bien y con inteligencia.

Ahora decía:

–El peligro es la condición imprescindible de las cameras de caballos entre militares. Si Inglaterra es la nación que puede exhibir en su historia militar los más brillantes hechos de tropas de caballería, se debe a que ha procurado desarrollar desde siempre el vigor de los animales y los jinetes. En mi opinión, el deporte tiene mucha importancia. Pero nosotros no vemos nunca más que lo superficial…

–¿Dice usted superficial? –interrumpió la Tverskaya–. Me han dicho que un oficial se rompió una vez dos costillas.

Alexey Alejandrovich sonrió con aquella sonrisa suya que descubría los dientes pero no expresaba más.

–Admitamos, Princesa, que no es superficial, sino profundo. Pero no se trata de eso…

Y Karenin se dirigió de nuevo al ayudante general, con el que hablaba en serio.


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