Ana Karenina
Ana Karenina Karenin no se movió ni alteró la mirada. Su rostro adquirió de pronto la solemne inmovilidad de un muerto y aquella expresión no varió durante todo el trayecto hasta llegar frente a la casa. Entonces, Karenin volvió el rostro hacia su mujer, siempre con la misma expresión.
–Bien. Exijo que guarde usted las apariencias hasta que… –y la voz de Karenin tembló–, hasta que tome las medidas apropiadas para dejar a salvo mi honor. Ya se las comunicaré.
Salió del coche y ayudó a Ana a apearse. Le apretó la mano, de modo que los criados lo vieran, se sentó en el coche y regresó a San Petersburgo.
Poco después llegó el criado de la Princesa con un billete para Ana.
«He mandado una carta a Alexey preguntándole cómo se encuentra. Me contesta que está ileso, pero desesperado.»
«Entonces vendrá», pensó Ana. «¡Cuánto celebro habérselo dicho todo a mi marido!»
Miró el reloj. Faltaban tres horas aún para la cita. Le emocionaban los recuerdos de la última entrevista.
«¡Dios mío, cuánta claridad aún! Es terrible, pero, ¡me gusta ver su rostro y me gusta esta luz fantástica !. ¿Y mi marido? ¡Ah, sí! Gracias a Dios todo ha terminado entre nosotros… »