Ana Karenina
Ana Karenina Karenin habÃa comenzado a hablar con mucha energÃa, pero cuando se dio cuenta de sus palabras, se contagió por el miedo que experimentaba su mujer. Vio su sonrisa irónica y una extraña confusión se le apoderó de la mente.
«SonrÃe de mis dudas. Ahora me dirá lo mismo que la otra vez: que mis sospechas son infundadas y ridÃculas… »
Sintiéndose amenazado de oÃr la verdad, Karenin deseaba vivamente que su mujer le contestase como hizo entonces, que le dijese que sus sospechas eran estúpidas y sin fundamento. Era tan terrible lo que sabÃa y sufrÃa tanto por ello que en aquel instante estaba dispuesto a creérselo todo.
Pero la expresión temerosa y sombrÃa del rostro de Ana ahora ni siquiera le prometÃa el engaño.
–Puede que me equivoque –siguió él–,y en ese caso le ruego que me perdone.
–No se equivoca usted –dijo lentamente Ana, mirando con desesperación el semblante impasible de su marido–. No se equivoca… Estaba y estoy desesperada. Mientras le escucho a usted estoy pensando en él.
Le amo; soy su amante. No puedo soportarlo a usted; lo aborrezco. Haga conmigo lo que quiera.
E, inclinándose en un ángulo del coche, rompió en sollozos, ocultándose la cara entre las manos.