Ana Karenina
Ana Karenina –Cuidado –dijo Alexey Alejandrovich señalando la abierta ventanilla delantera por la que podÃa oÃrles el cochero.
Y, levantándose, subió el cristal.
–¿Qué halla usted de incorrecto en mi conducta? –repitió Ana.
–La desesperación que no supo usted ocultar cuando cayó uno de los jinetes.
Karenin esperaba una réplica, pero Ana callaba, mirando fijamente ante sÃ.
–Ya le he rogado antes que se comporte correctamente en sociedad, para que las malas lenguas no tengan que murmurar de usted. Hace tiempo le hablé del aspecto espiritual de estas cosas. Ahora ya no me refiero a eso. Hablo de las conveniencias exteriores. Usted se ha comportado incorrectamente y espero que no se repita.
Ana apenas oÃa la mitad de aquellas palabras. TemÃa a su marido y a la vez se preguntaba si Vronsky habrÃa muerto o no, y si se habrÃan referido a él al decir que el jinete estaba ileso y el caballo se habÃa roto la columna vertebral.
Sólo acertó a sonreÃr con fingida ironÃa cuando su marido acabó de hablar. Pero no pudo contestarle nada, porque apenas habÃa entendido nada.