Ana Karenina

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Precisamente esta circunstancia las distinguía, y lo que atraía a Kitty más vivamente. Parecíale que en las costumbres de Vareñka encontraría el modelo de lo que buscaba con ahínco: un interés por la vida, un sentimiento de dignidad personal alejado de aquellas relaciones entre muchachos y muchachas del gran mundo y que ahora la repugnaban, pareciéndole una exhibición humillante, como de mercancía a la espera del comprador.

Cuanto más observaba Kitty a su amiga desconocida, tanto más la consideraba el ser perfecto que se imaginaba y tanto más deseaba tratarla.

Cada una de las varias veces que se encontraban durante el día, los ojos de Kitty parecían decir:

«¿Quién y qué es usted? ¿Acaso un ser tan moralmente bello como imagino? ¡Pero no piense, por Dios, que deseo imponerle mi amistad! Me basta con quererla y admirarla». «Yo la quiero también, es usted muy gentil. Y la querría más si tuviese tiempo … » , parecía contestar la joven rusa con la mirada.

Efectivamente, Kitty la veía muy ocupada; ora acompañaba a casa a los niños de una familia rusa, ora llevaba una manta a una enferma y la envolvía en ella, ora trataba de calmar a un enfermo excitado, ora iba a comprar pastas de té para alguien…


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