Ana Karenina

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Aparte de que a Kitty le interesaban las relaciones entre ambas, así como entre ellas y otras personas desconocidas, Kitty sentía por la chica una simpatía explicable, como sucede a menudo, y, por las miradas que Vareñka le dirigía se apreciaba reciprocidad.

Vareñka no era lo que puede decirse una muchacha. Parecía un ser sin juventud, a quien podían atribuírsele treinta años tanco como diecinueve. Pero, a juzgar por las líneas de su rostro y pese a su color enfermizo, Vareñka era más linda que fea. Habría incluso sido esbelta si no fuera por la extrema delgadez de su cuerpo y el volumen de su cabeza, desproporcionado con su estatura; pero no le resultaba atractiva a los hombres. Dijérase una hermosa flor que aún conservara sus pétalos, aunque ya mustia y sin perfume…

Finalmente, no los seducía porque le faltaba lo que le sobraba a Kitty: un reprimido ardor vital y consciencia de sus encantos.

Vareñka parecía estar ocupada siempre por algún trabajo que le impedía interesarse por otra cosa.



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