Ana Karenina
Ana Karenina Nadie sabÃa si su religión era católica, protestante u ortodoxa, pero una cosa era cierta: mantenÃa estrechas amistades con los altos dignatarios de todas las iglesias y confesiones.
Vareñka vivÃa siempre con ella en el extranjero, y cuantos trataban a Stal estimaban y querÃan a mademoiselle Vareñka como la llamaban.
Enterada de tales detalles, la Princesa no vio inconveniente en el trato de su hija con aquella joven, tanto más cuanto sus modales y educación eran excelentes y hablaba francés e inglés con perfección. En fin, lo principal era que madame Stal habÃa asegurado sentir mucho que su enfermedad la impidiese tratar Ãntimamente a la Princesa, tal como era su deseo.
Kitty, tras conocer a Vareñka, se sentÃa cada vez más cautivada por su amiga y cada dÃa le descubrÃa nuevas cualidades.
Sabiendo que cantaba bien, la Princesa le pidió que fuera a su casa una tarde.
–Tenemos piano, Kitty lo toca. Cierto que no es muy bueno, pero nos complacerá mucho oÃrla a Usted –dijo la Princesa con una sonrisa forzada, que le resultó tanto más desagradable a Kitty cuando advirtió que Vareñka no tenÃa ganas de cantar.
No obstante, la joven acudió a la tarde con algunas piezas musicales. La Princesa invitó también a MarÃa Evgenievna y su hija y al coronel.