Ana Karenina
Ana Karenina Vareñka, indiferente por completo a que hubiese desconocidos, se acercó al piano. No sabía acompañarse, pero leía las notas muy bien. Kitty, que tocaba el piano a la perfección, la acompañaba.
–Tiene usted un talento extraordinario de cantante –afirmó la Princesa, después que la muchacha hubo cantado de un modo admirable la primera pieza.
María Evgenievna y su hija alabaron a la muchacha y le agradecieron su amabilidad.
–Miren –dijo el coronel, asomándose a la ventana– cuánta gente ha venido a escucharla.
Salieron y vieron que, en efecto, al pie de la ventana se había reunido una multitud.
–Celebro infinitamente que les haya gustado –dijo simplemente Vareñka.
Kitty la miraba con orgullo. Le entusiasmaban el arte, la voz, el rostro y, más que nada, su carácter, que no se vanagloriaba de lo que había hecho y recibía las alabanzas con indiferencia, con el aspecto de limitarse a preguntar: «¿Canto más o no?».