Ana Karenina
Ana Karenina Aquel mismo dÃa Vareñka comió con ellos y anunció que Petrova desistÃa del paseo a la montaña. La Princesa notó que Kitty volvÃa a ruborizarse.
–¿Te ha sucedido algo desagradable con los Petrov, Kitty? –preguntó la Princesa cuando quedaron a solas, ¿Por qué no envÃa aquà a los niños ni viene nunca?
Kitty contestó que no habÃa pasado nada y que no comprendÃa que Ana Pavlovna pudiera estar disgustada con ella.
Y decÃa verdad. No conocÃa en concreto el motivo de que Petrova hubiera cambiado de actitud hacia ella, pero lo intuÃa. Adivinaba algo que no podÃa decirle a su madre, una de esas cosas que uno sabe pero que no puede ni confesarse a sà mismo por lo vergonzoso y terrible que serÃa cometer un error.
Recordaba sus relaciones con la familia Petrov. Evocaba la ingenua alegrÃa que se pintaba en el bondadoso rostro redondo de Ana Pavlovna cuando se encontraban, recordaba sus conversaciones secretas respecto al enfermo, sus invenciones para impedirle trabajar, lo que le habÃan prohibido los médicos, y para sacarle de paseo. Se acordaba del afecto que le tenÃa el niño pequeño, que la llamaba «Kitty mÃa» y no querÃa acostarse si ella no estaba a su lado para hacerle dormir.