Ana Karenina

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¡Qué agradables eran aquellos recuerdos! Luego evocó la figura delgada de Petrov, su cuello largo, su levita de color castaño, sus cabellos ralos y rizados, sus inquisitivos ojos azules que al principio la asustaban, y recordó también los esfuerzos que hacía para aparentar fuerza y animación ante ella.

Además se acordaba de la repugnancia que él le inspiraba al principio –como se la inspiraban todos los tuberculosos y el cuidado con que escogía las palabras que tenía que decirle. Volvía a ver la mirada tímida y conmovida que le dirigía Petrov y experimentaba de nuevo el extraño sentimiento de compasión y humildad, unido a la consciencia de obrar bien, que la embargaba en aquellos instantes.

Sí: todo ello se había deslizado perfectamente en los primeros días. Ahora, desde hacía poco, todo había cambiado. Ana Pavlovna recibía a Kitty con amabilidad fingida y vigilaba sin cesar a su marido y a la joven.

¿Era posible que la conmovedora alegría que experimentaba Petrov al llegar ella fuera la causa de la frialdad de Ana Pavlovna?

–Sí–, pensaba Kitty; había algo poco natural en Ana Pavlovna, algo impropio de su bondad en el acento con que dos días antes le dijo enojada:


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