Ana Karenina
Ana Karenina –Mi marido la esperaba; no querÃa tomar el café hasta que usted llegase, aunque sentÃa debilidad…
–SÃ; quizá Petrova se disgustó conmigo por haberle dado la manta a su marido. El hecho en sà carece de importancia… Pero él la cogió turbándose y me dio tantas veces las gracias que quedé confundida… Y luego ese retrato mÃo que ha pintado tan admirable… Y lo peor es su mirada, tan dulce, tan tÃmida… SÃ, sÃ; eso es–, se repetÃa Kitty, horrorizada.
–Pero no debe, no puede ser. ¡El pobre me inspira tanta compasión… !
Aquella duda envenenaba, ahora, el encanto de su nueva vida.