Ana Karenina

Ana Karenina

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Las referencias de la amistad de su hija con madame Stal y Vareñka y las observaciones de la Princesa sobre el cambio operado en Kitty lo impresionaron y le derspertaron su habituales celos hacia todo cuanto atrajera a su hija fuera del círculo de sus afectos. Le asustaba que Kitty pudiera sustrarse de su influencia, y alejarla hasta parajes para él inaccesibles.

Pero tales noticias desagradables se hundieron en el mar de alegría y bondad que le animaba siempre y que había aumentado después de tomar las aguas de Carlsbad.

Al día siguiente de su regreso, el Príncipe, vestido con un largo gabán, con sus fofas mejillas sostenidas por el cuello almidonado, se dirigió al manantial con su hija en muy buen estado de espíritu.

La mañana era espléndida; brillaba un sol radiante. Las casas limpias y alegres, con sus jardincitos, el aspecto de las sirvientas alemanas, joviales en su trabajo, de manos rojas, de rostros colorados por la cerveza; todo ello llenaba de gozo el corazón.

Pero al aproximarse al manantial encontraban enfermos de aspecto mucho más deplorable aún por contraste con las condiciones normales de la bien organizada vida alemana.


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