Ana Karenina

Ana Karenina

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A Kitty ya no le sorprendía tal oposición. El sol brillante, el vivo verdor, el son de la música, le resultaban el marco natural de toda aquella gente tan familiar para ella, con sus alternativas de peor o mejor salud, de buen o mal humor a que estaban sujetos.

Pero al Príncipe la luz y el esplendor de la mañana de junio, el sonar de la orquesta que tocaba un alegre vals de moda y, sobre todo, el aspecto de las rozagantes sirvientas le parecían ilógicos y grotescos en contraste con aquellos muertos vivientes, llegados de toda Europa y que se movían con fatiga y tristeza.

Pese al orgullo que le inspiraba el llevar del brazo a su hija, que le parecía rejuvenecedor; se sentía cohibido y molesto de su andar seguro, de sus miembros sólidos, de su cuerpo de robusta complexión. Experimentaba lo que un hombre desnudo sentiría encontrándose en una reunión de personas vestidas.

–Preséntame a tus nuevas amistades ––dijo a su hija oprimiéndole el brazo con el codo–. Hoy siento simpatía hasta por la asquerosa agua bicarbonatada que te ha repuesto de ese modo. ¡Pero es tan triste ver esto! Oye, ¿quién es ése?

Kitty iba nombrándole las personas conocidas y desconocidas que encontraban en el curso de su paseo.


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