Ana Karenina
Ana Karenina En la misma entrada del jardÃn hallaron a madame Berta, la ciega, y el PrÃncipe se sintió contento ante la expresión que animó el rostro de la anciana francesa al oÃr la voz de Kitty. Madame Berta habló al PrÃncipe con su exagerada amabilidad francesa, alabándole aquella hija tan bondadosa, ensalzándola hasta las nubes y calificándola de tesoro, perla y ángel de consuelo.
–En ese caso es el ángel número dos –dijo el PrÃncipe sonriendo–, porque, según ella, el ángel número uno es la señorita Vareñka.
–¡Oh, la señorita Vareñka es también un verdadero ángel! –afirmó madame Berta.
En la galerÃa encontraron a la propia Vareñka, que se dirigió precipitadamente a su encuentro. Llevaba un espléndido bolso de costura.
–Ha venido papá –dijo Kitty.
Vareñka hizo un ademán entre saludo y reverencia, con la sencillez y naturalidad que usaba siempre en todas sus cosas.
Luego empezó a hablar con el PrÃncipe como con los demás, naturalmente, sin sentirse cohibida.
–Ya la conozco, y bien –dijo el PrÃncipe con una sonrisa de la que Kitty dedujo, con alegrÃa, que su padre encontraba simpática a Vareñka–. ¿Adónde va usted tan aprisa?