Ana Karenina
Ana Karenina –Es que mamá está aquà ––dijo la muchacha dirigiéndose a Kitty–. No ha dormido en toda la noche y el doctor le ha aconsejado que saliera. Le llevo su labor.
–¿Asà que éste es el ángel número uno? –dijo el PrÃncipe después de que Vareñka se hubo marchado.
Kitty notaba que su padre habrÃa querido burlarse de su amiga, pero que no se atrevÃa a hacerlo porque también él la habÃa encontrado simpática y agradable.
–Vamos a ver a todas tus amigas –añadió él–; vamos incluso a saludar a madame Stal, si es que se digna acordarse de mÃ…
–¿La conoces, papá? –preguntó Kitty con cierto temor, reparando en el fulgor irónico que iluminó los ojos del PrÃncipe al mencionar a la Stal.
–La conocÃ, asà como a su marido, cuando ella no se habÃa inscrito aún entre los pietistas.
–¿Qué significa pietista, papá? –preguntó la joven, desasosegada al saber que lo que ella apreciaba tanto en madame Stal tenÃa semejante nombre.