Ana Karenina
Ana Karenina –No lo sé bien, francamente… Sólo sé que ella le agradece a Dios todas las desventuras que sufre… Por eso cuando murió su marido también le dio gracias a Dios… Pero la cosa resulta algo cómica, porque ambos se llevaban muy mal. ¿Quién es ése? ¡Qué cara! ¡Da pena verle! –exclamó el PrÃncipe reparando en un hombre bajito, sentado en un banco, que vestÃa un abrigo castaño y pantalones –blancos que formaban extraños pliegues sobre los descarnados huesos de sus piernas.
Aquel señor se quitó el sombrero, descubriendo sus cabellos rizados y ralos y su ancha frente, de enfermizo matiz, levemente colorada ahora por la presión del sombrero.
–Es el pintor Petrov –respondió Kitty ruborizándose–. Y ésa es su mujer –añadió indicando a Ana Pavlovna.
Petrova, como a propósito, al aproximárseles, se dirigió a uno de sus niños que jugaba al borde del paseo.
–¡Qué pena inspira ese hombre y qué rostro tan simpático tiene! ¿Por qué no te has acercado a él? ParecÃa querer hablarte.
–Entonces, vamos –dijo Kitty, volviéndose resueltamente–. ¿Cómo se encuentra hoy? –preguntó a Petrov.