Ana Karenina
Ana Karenina –¡Me lo merezco! ¡Me lo merezco! –dijo Kitty rápidamente, arrancando la sombrilla de manos de su amiga sin osar mirarla a los ojos.
Vareñka sentía impulsos de sonreír ante la infantil cólera de su amiga, pero se contuvo por no ofenderla.
–¿Por qué se lo merece? No comprendo –dijo.
–Lo merezco porque todo esto que he estado haciendo era falso, fingido y no me salía del corazón. ¿Qué tengo yo que ver con ese hombre ajeno a mí? ¡Y resulta que provoco una disputa por meterme a hacer lo que nadie me pedía! Es la consecuencia de fingir.
–¿Qué necesidad había de fingir? –preguntó, en voz baja, Vareñka.
–¡Qué estúpido y qué vil ha sido lo que he hecho! ¡No, no había necesidad de fingir nada! –insistía Kitty, abriendo y cerrando nerviosamente la sombrilla.
–Pero ¿con qué fin fingía?
–Para parecer más buena ante la gente, ante mí, ante Dios. ¡Para engañar a todos! No volveré a caer en ello. Es preferible ser mala que mentir y engañar.
–¿Por qué dice usted engañar? –dijo, con reproche, Vareñka–. Lo dice usted como si…