Ana Karenina
Ana Karenina Pero Kitty, presa de un arrebato de excitación, no la dejó terminar.
–No lo digo por usted; no se trata de usted. ¡Usted es perfecta, lo sé! SÃ, sé que todas ustedes son perfectas. Pero ¿qué puedo hacer yo si soy mala? Si yo no fuese mala, todo eso no habrÃa sucedido. Seré la que soy, pero sin fingir. ¿Qué me importa Ana Pavlovna? Que ellos vivan como quieran y yo viviré también como me plazca. No puedo ser sino como soy. No es eso lo que quiero, no, no es eso…
–¿Qué es lo que no quiere? ¿A qué se refiere usted? –preguntó Vareñka, sorprendida.
–No, no es eso… No puedo vivir más que obedeciendo a mi corazón, mientras que ustedes viven según ciertas reglas… Yo las he querido a ustedes con el alma y ustedes sólo me han querido a mà para salvarme, para enseñarme…
–No es usted justa –observó Vareñka.
–No digo nada de los demás; hablo de mÃ.
–¡Kitty! –gritó la voz de su madre–. Ven a enseñarle tu collar a papá.
Kitty, altanera, sin hacer las paces con su amiga, tomó de encima de la mesa la cajita con el collar y fue a reunirse con su madre.
–¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan encarnada? –le dijeron, a la vez, su padre y su madre.