Ana Karenina

Ana Karenina

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–No es nada –contestó Kitty–. En seguida vuelvo.

Y se precipitó de nuevo en la habitación.

–Aún está aquí–, pensó. –¡Dios mío¡ ¿Qué he hecho, qué he dicho? ¿Por qué la he ofendido? ¿Y qué hará ahora? ¿Qué le diré?–, y se detuvo junto a la puerta.

Vareñka, ya con el sombrero puesto, examinaba, sentada a la mesa, el muelle de la sombrilla que Kitty había roto en su arrebato. Al entrar ésta, alzó la cabeza.

–¡Perdóneme, Vareñka, perdóneme! –murmuró Kitty, acercándose–. No sé ni lo que le he dicho… Yo…

–Por mi parte le aseguro que no quise disgustarla… –dijo la muchacha, sonriendo.

Hicieron las paces.



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