Ana Karenina
Ana Karenina Pero Constantino Levin se aburría de estar sentado escuchando a su hermano, sobre todo porque sabía que, mientras ambos hablaban, los campesinos debían de estar lavando el estercolero o trabajando en el campo yermo aún, y que si él no estaba allí lo harían de cualquier manera. Pensaba también que seguramente no atornillarían bien las rejas de los arados ingleses y luego las apartarían afirmando que aquellos instrumentos eran invenciones de tontos y que sólo el arado corriente, etcétera.
–¿No has caminado ya bastante con este calor? –le decía Sergio Ivanovich.
–No… Tengo que pasar un momento por el despacho… –contestaba Levin.
Y se iba al campo corriendo.