Ana Karenina
Ana Karenina Además, Constantino Levin se sentÃa a disgusto en el pueblo cuando su hermano estaba allÃ, sobre todo durante el verano, pues en esta época estaba siempre ocupado en los trabajos de su propiedad y aun en todo el largo dÃa estival le faltaba tiempo para sà mismo, para poder atenderlo todo, mientras Sergio Ivanovich descansaba. Sin embargo, aunque reposase ahora, es decir no escribiera obra alguna, estaba tan hecho a la actividad cerebral que le gustaba explicar en forma sucinta y elegante los pensamientos que le acudÃan a la mente, y le gustaba tener a alguien que le escuchase.
El oyente más constante era, naturalmente, su hermano. Por este motivo, a pesar de la sencillez amistosa de sus relaciones, Constantino Levin no sabÃa cómo arreglárselas cuando tenÃa que dejarlo a solas.
A éste le gustaba tenderse en la hierba bajo el sol y permanecer asÃ, charlando perezosamente.
–No sabes qué placer experimento sumergiéndome en esta flojera ucraniana. Tengo la cabeza completamente vacÃa de pensamientos. PodrÃa hacerse rodar por ella una pelota.