Ana Karenina

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Constantino Levin consideraba a su hermano un hombre de inteligencia y cultura, noble en el más elevado sentido de la palabra y dotado de grandes facultades de acción en pro de la sociedad. Pero en el fondo de su alma y a medida que pasaban los años y los conocía mejor, tanto más a menudo pensaba que aquella facultad de servicio social, de la cual Constantino Levin se reconocía privado, quizá, al fin y al cabo, no fuera una cualidad, sino más bien un defecto. No una carencia de algo, no exenta de buenos, nobles y honrados deseos e inclinaciones, sino una falta de poder de vida efectiva, de ese impulso que obliga al hombre a escoger y desear una determinada línea entre todas las innumerables que se le abren ante sí.

Cuanto más conocía a su hermano, más observaba que Sergio Ivanovich, como muchos otros hombres que servían al bien común, no se sentían inclinados a ello de corazón, sino porque habían reflexionado y llegado a la conclusión de que aquello estaba bien, y sólo por esa razón se ocupaban.

La suposición de Constantino Levin se confirmaba por la observación de que su hermano no se tomaba más a pecho las cuestiones del bien colectivo y de la inmortalidad del alma que las de las combinaciones de ajedrez o la construcción ingeniosa de alguna nueva máquina.


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