Ana Karenina
Ana Karenina Los hermanos tenían que pasar por el bosque para llegar a los prados, Sergio Ivanovich iba admirando la belleza del bosque, magnífico de hojas y verdor. Llamaba la atención de su hermano, ora sobre un viejo tilo, oscuro en la parte humbría, pero rico de colorido con sus amarillos brotes prontos a florecer, ora sobre los brotes de otros árboles brillantes como esmeraldas.
A Constantino Levin no le agradaba hablar ni que le hablasen de las bellezas de la naturaleza. Las palabras le deslustraban el paisaje.
Respondía, pues, a su hermano con distraídos monosílabos, mientras, contra su voluntad, pensaba en otras cosas.
Al abandonar el bosque le llamó la atención el campo en barbecho de una colina: aquí ya cubierto de hierba amarilla, allí labrado en cuadros, más allá salpicado de montones de estiércol y en otros puntos arado.
Pasaba por el campo una fila de carros. Levin los contó y se alegró al ver que llevaban todo lo necesario.
Contemplando los prados, sus pensamientos pasaron a la siega. Este momento siempre se emocionaba con intensidad.
Al llegar al prado, Levin detuvo el caballo.