Ana Karenina

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El rocío matinal humedecía aún la parte inferior de las hierbas, por lo cual, para no mojarse los pies, Sergio Ivanovich le pidió a su hermano que lo llevase con la carretela hasta el sauce que se alzaba en el lugar señalado para pescar. Constantino Levin, pese al disgusto que le producía aplastar la hierba de su prado, lo atravesó con el coche.

Las altas plantas se abatían suavemente bajo las ruedas y las patas del caballo, y en los cubos y radios de las ruedas se desgranaban las semillas.

Sergio Ivanovich se sentó bajo el sauce, arreglando sus útiles de pesca. Levin ató el caballo no lejos de allí y se internó en el enorme mar verde oscuro del prado, inmóvil, no agitado por el menor soplo de viento.

La hierba, suave como seda, en el lugar adonde alcanzaba, en primavera, el agua del río al salirse de madre, le llegaba hasta la cintura.

A través del prado, Constantino Levin saltó al camino y encontró a un viejo, con un ojo muy hinchado, que llevaba una colmena con abejas.

–¿Las has cogido, Tomich? –preguntó Levin.

–¡Quia, Constantino Dmitrievich! ¡Gracias si consigo guardar las mías! Ya se me han marchado por segunda vez. Menos mal que sus muchachos las alcanzaron. Los que están trabajando el campo…


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