Ana Karenina
Ana Karenina Desengancharon un caballo y las cogieron.
–Y qué, Tomich: ¿qué te parece? ¿Conviene segar ya o esperar más?
–A mi parecer, habrá que esperar hasta el día de San Pedro. Ésta es la costumbre. Claro que usted siega siempre antes. Si Dios quiere, todo irá bien. La hierba está muy crecida. Los animales quedarán contentos.
–¿Y qué te parece el tiempo?
–Eso ya depende de Dios. Quizá haga buen tiempo.
Levin se acercó otra vez a su hermano, que, con aire distraído, estaba con la caña en las manos.
La pesca era mala, pero Sergio Ivanovich no se aburría y parecía hallarse de excelente buen humor.
Levin notaba que, animado por la charla con el médico, su hermano tenía deseos de hablar más. Pero él quería volver a casa lo antes posible para ordenar que los segadores fueran al campo al día siguiente y resolver las dudas relativas a la siega, su mayor preocupación en aquel momento.
–Vámonos ––dijo.