Ana Karenina
Ana Karenina
–He estado pensando en ti –dijo Sergio Ivanovich–. ¡Hay que ver lo que sucede en tu provincia! Por lo que me contó el médico veo que… Por cierto que ese muchacho no parece nada tonto… Ya te he dicho, y te lo repito, que no está bien que no asistas a las juntas rurales de la provincia y que te hayas alejado de las actividades del zemstvo. Si la gente de nuestra clase se aparta, claro es que las cosas habrán de ir de cualquier modo… Nosotros pagamos el dinero que ha de destinarse a salarios, pero no hay escuelas, ni médicos auxiliares, ni comadronas, ni farmacias, ni nada…
–Ya he probado –repuso Levin en voz baja y desganada– y no puedo. ¿Qué quieres que haga?
–¿Por qué no puedes? Confieso que no lo comprendo. No admito que sea por indiferencia o ineptitud. ¿Será por pereza?
–Ninguna de las tres cosas. He probado y he visto que no puedo hacer nada –replicó Levin.
Apenas pensaba en lo que le decÃa su hermano. TenÃa la mirada fija en la tierra labrada de la otra orilla, donde distinguÃa un bulto negro que no podÃa precisar si era un caballo solo o el caballo de su encargado montado por aquél.
–¿Por qué no puedes? Probaste y no resultó como querÃas. ¡Y por eso te consideraste vencido! ¿Es que no tienes amor propio?